Antes de nada, y si no os importa, me gustaría pediros dos licencias. La primera es que os tutee, puesto que no creo que en un blog en el que vamos a hablar de Internet, redes sociales y tecnología tengamos que tratarnos de usted. La segunda licencia es que, aunque este sea mi primer post en Euromedia, os cuente algo que me pasó el otro día cuando iba en el autobús.

Iba yo tan tranquilo sentado en el bus de la sevillana línea 37 cuando un grupo de chicos de unos 13, 14 o 15 años se sube y empiezan a bromear con sus smartphones. Empiezan a echarse fotos “para las Stories”, y todo es muy divertido hasta que salta la chispa. Una de las chicas del grupo dice “Tío, no subas esa que salgo fatal”. Él chico, móvil en mano, insiste en que no pasa nada, que es una broma y que la va a subir. La chica le dice que no, que no y que no, pero el chico, con una sonrisa picarona, se ríe, le dice “que no se raye” y la sube. No sé qué pasó después, pero esta es una realidad a la que nos enfrentamos a diario y de la que se habla muy poco.

¿Qué niño de 11 años no tiene un smartphone en su bolsillo? No hablo de un teléfono de esos de concha. Hablo de un smartphone, con su cámara, su conexión a Internet y sus apps de redes sociales. Ya os lo digo yo: más de la mitad de los niños de 11 años y el 96% de niños de 15 años, según el INE. Es una herramienta cuya tenencia suele ser justificada por los padres con palabras como “Es por si le pasa algo”, “Es para poder comunicarme con él rápidamente” o “Él es un chico responsable”. La realidad, más allá de eso, es que le estamos dando a nuestros jóvenes un arma de destrucción masiva que no saben utilizar. Ni ellos, ni los padres.

Subir fotos a Instagram Stories, a Snapchat, a Twitter o a Facebook puede ser muy divertido, pero hay un ligero problema que no tenemos en cuenta: ¿Quién hay al otro lado? Cuando coges la cámara de tu smartphone y la enfocas hacia tu cara para sacarte un selfie solo hay un ojo, que es tu cámara, pero en el momento en el que subes esa foto a Internet, ese único ojo se multiplica de forma exponencial hasta los 100, 1.000, 10.000 o un millón de ojos, que no sabes de quién son. ¿Quién hay detrás de ese nick, de ese username, de ese @? ¿Lo conoces? ¿Te puedes fiar de él? Y digo más, aunque lo conozcas, ¿sabes qué puede hacer con tu foto? ¿Sabes si ha hecho una captura de pantalla y la tiene guardada?

Puedes pensar “Me da igual, solo me siguen 100 personas”, pero si una de esas personas coge tu foto, la captura, la pasa por sus grupos de WhatsApp, sus amigos la reciben, la descargan y hacen lo mismo en sus grupos; uno la pone en Twitter y tiene 900 retweets, la gente la descarga, la guarda y la vuelve a retweetear, aparece en blogs, en definitiva, se hace viral, ¿qué vas a hacer? Tu cara está por Internet, la gente la usa para hacer burlas, para reírse de ti y a tu costa, y tú, un chico de 11 años, te quedas en shock porque no sabes cómo ha podido pasar. Puedo pecar de tremendista y falaz, pero shit happens, y os lo puedo demostrar.

Todo empezó con una foto o un vídeo, las redes se encargaron del resto

El caso más conocido de la “magia de internet” es el de Xiao Pang, un joven chino que tenía 19 años allá por 2003 y que no sabía que el curso de seguridad vial al que asistió en su colegio sería la lanzadera que lo introduciría de lleno en Internet y lo convertiría en uno de los virales más compartidos de la historia. Uno de los asistentes “cazó” a Pang en una foto, y la subió a Internet. Rápidamente, un usuario cogió la foto y convirtió al joven en Doraemon, uno de los dibujos animados más famosos del lugar, y eso desencadenó un aluvión de memes, en el que Xiao Pang vio cómo su cara aparecía photoshopeada en carteles de películas, monedas, la bola de Indiana Jones, la cara de una bailarina erótica, junto a las efigies del Monte Rushmore… Esto fue en 2003, cuando las redes sociales eran poco más que un concepto. Imaginad cómo habría sido hoy en día. Nos puede hacer gracia, nos puede sacar una sonrisa, pero detrás de esa imagen hay una persona, como tú y como yo, que ha entrado en Internet y jamás, jamás, jamás podrá salir de ahí.

Otro caso, más reciente, es del famoso “Palanquilla”. No vamos a entrar a hablar del vídeo, porque todos sabemos más o menos de qué iba el tema. Lo que realmente debe interesarnos es que la cara de este chico aparece por todo Internet. Cualquier persona que busque “palanquilla” en Google se encontrará con fotos de este muchacho en alta definición, en la que se le ve perfectamente y se le puede identificar sin problema, tanto a él como a su grupo de amigos que aparecen en el vídeo. Recuerdo cuando ocurrió esto, y recuerdo cuando no dejaban de publicarse en Twitter enlaces con el vídeo del chaval, pero lo realmente gracioso fue cuando empezó el rumor de que la chica que aparecía en el vídeo estaba pensando en suicidarse porque no soportaba que todo el mundo hubiese visto su cara en Internet haciendo lo que estaba haciendo. No pasó nada, ¿pero y si hubiera pasado? ¿Quién es el culpable? ¿El amigo que subió el vídeo, los internautas, el que lo tiene guardado en el disco duro…? Sea como sea, este niño jamás saldrá de Internet, y el fantasma de ese vídeo lo perseguirá por siempre.

Otro caso que salió en todos los medios de comunicación fue el del niño pequeño chino que se parecía a Kim Jong-Un y cuyos padres lo grabaron bailando y lo subieron a Internet. @norcoreano, con más de 686.000 seguidores en Twitter, lo tweeteó, y junto a él miles de personas. ¡Qué gracioso el niño bailando! Seguro que cuando sea mayor y tenga uso de razón le hace muchísima gracia que todo el mundo lo haya visto bailando y se haya reído de él, ¿verdad? La misma gracia que nos haría a nosotros si nuestra madre subiese una foto de nosotros de bebés desnudos a su Facebook, exactamente la misma.

Y podríamos seguir así hasta convertir este post en una novela repleta de casos. Las pruebas existen, están ahí y son accesibles. Sin embargo, parece que a los padres les da exactamente igual que sus hijos, con 11, 12 o 13 años ya estén expuestos a estos riesgos que entraña la continua conexión a Internet y el exceso de exposición al dominio público. Ahora es cuando algún iluminado dice eso de “Es que los padres deberían vigilar lo que sus hijos hacen en Internet”, pero ¿cómo van a hacer eso cuando ni los propios padres saben mandar la ubicación por WhatsApp? Cuando ni siquiera saben qué significa que sus teléfonos tengan una actualización o cuando se agobian porque se quedan sin memoria en el móvil y no saben qué hacer. Los padres están dándole a sus hijos unas herramientas que ellos no saben utilizar, una tecnología que les sobrepasa, un arma de destrucción masiva capaz de destrozar sus vidas, pero mirémoslo por el lado positivo: si pasa algo os podréis comunicar con ellos rápidamente.