El público lector

Artículo publicado como Tribuna Libre en ABC el domingo 19 de noviembre de 2017.

A partir de los doce años, creo que todos los niños deberían dedicar en la escuela al menos media hora diaria para la lectura de prensa, y los profesores otra media para constatar que han comprendido lo que han leído. Hablo de periodismo escrito, en formato digital o en papel, pero escrito, con contenidos jerarquizados por los medios y preferentemente distribuidos por secciones temáticas. Me parece que la sociedad actual no es consciente del riesgo de disolución de ese público lector, sin el cual no habrían avanzado ni las ciencias, ni la cultura y las artes, ni desde luego la democracia como sistema político y modelo de convivencia.

En “Homo videns”, Sartori incidió de modo brillante en la necesidad de distinguir entre educación y educación política. Lo que proporciona calidad democrática a una sociedad es la educación política, es decir, el interés de los ciudadanos por la cosa pública.

Aun dando por bueno que estamos ante la generación mejor preparada de la historia, cosa discutible, de lo que parece que caben pocas dudas es del creciente desinterés de la sociedad por la actualidad política. En España, ya los de mi generación teníamos bastante menos cultura política que la generación que vivió la Transición, y me temo que el salto es aún más abrupto con los jóvenes actuales. Estos dicen informarse por las redes sociales, pero la dinámica de acceso a la información que promueven las redes no es jerarquizada. Es decir, los jóvenes prescinden del criterio de autoridad periodística que está detrás de la confección de una portada o una home para guiarse por su propio criterio, lo que en muchos casos les lleva a consultar noticias muy llamativas pero muy poco relevantes para la cosa pública.

"Lo que proporciona calidad democrática a una sociedad es la educación política, es decir, el interés de los ciudadanos por la cosa pública".

Hay un público joven que se orienta a la política pero a través de la emoción no de la razón. En los orígenes de la democracia, el activismo político estaba directamente relacionado con el raciocinio público y la lectura política. De hecho, el sufragio se fue ampliando conforme se fue ampliando la base del público lector. El público lector era al mismo tiempo el público políticamente activo, el que participaba en el debate político de los salones, los clubes y los cafés, donde se instaura el concepto de autoridad debatida, el convencimiento de que las mejores soluciones para el interés general emergen de una discusión entre iguales sometida únicamente a argumentos racionales, de una confrontación intelectual en el que las opiniones mejor informadas vencen a las peor informadas con independencia del estatus social de las personas de las que procedan.

El periodismo escrito era, por tanto, no sólo ese perro guardián de la Opinión Pública, vigilante a los abusos del poder. El periodismo escrito era mucho más que eso: era el gran agitador del raciocinio público, el dinamizador del debate político y cívico, en el que solo cabían las opiniones informadas, las del público lector con derecho a participar del sufragio. Para los defensores del sufragio universal, la extensión de la democracia debía significar al mismo tiempo la extensión de la educación y de la educación política, la extensión de las capacidades del público para formarse opiniones sobre los asuntos públicos.

"El periodismo escrito era mucho más que el perro guardián de los abusos del poder: era el gran agitador del raciocinio público, el dinamizador del debate político y cívico, en el que solo cabían las opiniones informadas, las del público lector con derecho a participar del sufragio".

Cuando en la actualidad se propone, como fórmula para reforzar la democracia, la ampliación de la participación de los electores en las decisiones políticas a través de fórmulas directas como los referendos o los sondeos, se ignora el riesgo de que esa participación se base en opiniones completamente desinformadas. Sartori dice que cualquier ampliación en democracia del “dermopoder” debe ir acompañada de una ampliación del “dermosaber”, y no se equivoca. Pues de lo contrario el gobierno de la opiniones informadas puede degenerar en el (des)gobierno de las opiniones aleatorias o, peor aún, en el gobierno totalitario de las opiniones manipuladas.

La democracia no la mejorarán las fórmulas de participación directa basada en la desinformación. Para reforzar la calidad de nuestra democracia, nada más efectivo que mejorar la educación política de los ciudadanos, que llevar a las escuelas el estudio de la filosofía política y el derecho constitucional, y que fomentar el hábito de la lectura, y particularmente el de la lectura de la información y opinión escrita, (re)convirtiendo a los individuos nuevamente en ciudadanos informados y políticamente activos.

Más democracia no son más elecciones, ni más sondeos. No es más gente en la calle enarbolando pancartas y eslóganes hueros. No son más momentos emocionantes. Más democracia es más público lector. Sencilla y racionalmente.

 


¿Ley o Relato?

Vengo diciendo que el futuro de España (y de Occidente) se va a dirimir en la disyuntiva entre Derecho o Relato.

Y Rajoy ya ha elegido: Derecho y Relato. O sea, los dos.

Escarmentado por el deterioro internacional de la imagen de España tras el referéndum del 1 de Octubre, el presidente del Gobierno está decidido a recuperar la normalidad constitucional en Cataluña, pero no a cualquier precio: quiere hacerlo sin perjudicar la reputación de España ante la comunidad internacional.

El registrador de la propiedad se ha dado cuenta que en la actual democracia, junto al imperio de la ley, rige el imperio de la opinión.

No es algo completamente nuevo (ya Locke advirtió que junto a la ley civil, los ciudadanos y los gobiernos debían amoldarse a una ley de la reputación que era más exigente y coercitiva que la propia ley civil), pero sí un fenómeno acentuado en los tiempos que vivimos.

En la era del Relato, la victoria del Derecho no es completa (y seguramente no es suficiente) si no va acompañada de la victoria de la Opinión Pública.

Todos los medios se han referido al apoyo de la Unión Europea al Gobierno de España. Pero que nadie se engañe. Ese apoyo está muy lejos de ser incondicional. Y, para comprenderlo, basta analizar el mensaje de ayer en en twitter del presidente del Consejo de la Unión Europea.

Tras la declaración de independencia del Parlamento Catalán, Donald Tusk escribió: “España sigue siendo el único interlocutor”... para luego añadir: Yo espero que el gobierno español use la fuerza de los argumentos, no el argumento de la fuerza.

Hay que haber caído de un guindo para no darse cuenta de la advertencia que esconde esa afirmación. La Unión Europea, como todos los gobiernos europeos, estará con la legalidad en España mientras les resulte tolerable desde el punto de vista de la narrativa.

Las cargas policiales del 1 de octubre, perfectamente legales (y más aún: absolutamente necesarias para la efectividad del Derecho) trasladaron una imagen que a los gobiernos europeos ya les costó asumir como parte de su relato colectivo.

Lo que le exige, por tanto, la UE al Gobierno español -y las palabras de Tusk son bien elocuentes- es una victoria completa: la victoria del derecho y la victoria del relato. Y que el marrón de Cataluña salpique lo menos posible a las instituciones comunitarias.

Apoyo, ma non troppo.

La prematura convocatoria de elecciones en Cataluña para el 21 de diciembre ha de entenderse necesariamente bajo esa óptica.

El presidente del Gobierno no realiza esta convocatoria con un cálculo electoral, ni porque tiene sondeos que le garanticen una composición parlamentaria esencialmente diferente a la que existe hoy.

El anuncio y la fecha precipitada de las elecciones obedecen al deseo de Rajoy de ganar la batalla de la Opinión Pública en este preciso momento. No piensa en mañana, sino en hoy, porque, además, de lo que pase hoy, depende lo que ocurra mañana.

Con su reacción a la declaración de independencia, el presidente del Gobierno demuestra que le preocupa tanto el relato como la protección de la Constitución.

Todo en su discurso estaba dirigido a ello: no sólo el anuncio de las elecciones. También el agradecimiento a PSOE y Ciudadanos y sobre todo el énfasis en que el objetivo no era suspender la autonomía sino devolverla a su territorio legal. Ha aprendido de los titulares de la prensa internacional después del 1-0, y quiere evitar a toda costa alimentar el discurso victimista del independentismo catalán.

De hecho, su gran desafío, en estos próximos días, será asegurar la efectividad de la aplicación de las medidas relacionadas con el 155 sin conceder argumentos (y sobre todo imágenes) al storytelling secesionista.

Pero no será nada fácil, porque lo que se encontrará, a buen seguro, a partir de ahora es un territorio sembrado de minas: un montón de trampas hábilmente colocadas por políticos formados en la posverdad, avezados en la construcción de hechos paralelos,  y capaces de aprovechar cualquier paso en falso para fortalecer su relato de pueblo oprimido, que solo aspira a la libertad y al amor fraterno, como ayer dijo Junqueras con despreciable desahogo.

El destituido Gobierno catalán no se va a salir un ápice de su guión. La respuesta de Puigdemont a Rajoy lo demuestra: "Tengamos paciencia y perseverancia. La mejor forma de seguir adelante es la oposición democrática al 155. Debemos hacerlo sin abandonar nunca una conducta cívica y pacífica".  El independentismo seguirá apelando a la misma convivencia democrática que pisotea y lo hará sin mostrar el menor rubor ni síntoma de incoherencia intelectual.

Estoy convencido de que en los próximos días veremos muchas voces alarmadas que acusarán a Rajoy de “blando” y de no estar defendiendo con la contundencia necesaria la Constitución e incluso la dignidad de España.

Pero lo último que quiere Rajoy es caer en la provocación porque sabe que sabe la Opinión Pública no está preparada para ciertas imágenes, ni aunque sean la consecuencia natural de la aplicación del Derecho. 

Y Rajoy es consciente de que no puede o no debe actuar solo y que arriesga el apoyo del PSOE si sobrepasa ciertos límites. Y sabe también que lo que le exige Europa es que gane, y lo haga con juego bonito.

Si tiene que elegir en última instancia, elegirá el Derecho. Pero no quiere elegir y hace bien.

Veremos si lo logra.


Novelería en Comunicación

Vivimos unos tiempos inflamados de novedismo (Sartori), tan proclives a todo lo neo y lo post, que no hay profesión que se precie que no viva una nueva etapa en la que ya nada será como antes. Es la era del cambio acelerado, en la que todo necesita ser inevitablemente reinventando, repensado, reformulado. Lo re nos cautiva, y más aún lo trans, de transformación y transmutación. Porque lo que fue no es, y lo que es ya no es suficiente, y hay que ir más allá: el beyondismo (Daniel Bell).

En realidad, en español ya tenemos una palabra que hace innecesarios el novedismo de Sartori y el beyondismo de Daniel Bell. Se trata de “novelería”, un vocablo particularmente hermoso, que solo tiene la desventaja con respecto a los dos anteriores de no ser un anglicismo. La RAE define “novelería” de dos formas: como afición e inclinación a novedades y como afición e inclinación a fábulas y fantasías. En realidad, para nuestro caso, ambas aficiones nos valen y yo dirían que hasta son complementarias. Por eso precisamente el término es tan apropiado para definir los nuevos tiempos que vivimos en Comunicación. Porque son tiempos de afición a la novedad y también a la fábula. Tiempos de doble novelería por el precio de una. Tiempos de ocurrencias, que no precisamente de innovación.

Como bien dice Javier San Román en el editorial del número de septiembre de Ctrl, la fiebre por la novedad ha sido una constante histórica en la publicidad, “no solo cuando hace campañas para las marcas (…) sino cuando habla de sí misma como recién salida de una nueva y mágica metamorfosis”. En cierto modo es lógico que así sea. Concentrada en el mercado, y por tanto aislada de la actualidad de los asuntos públicos, o al menos parcialmente aislada, la obsesión de la publicidad por anunciar la llegada de lo último y lo insólito resulta comprensible. E instalada en esa obsesión, tampoco extraña que su reflexión interna siempre haya derivado hacia las nueva eras y los cambios de paradigma, y hacia el uso desaforado de anglicismos que esconden las nuevas verdades reveladas.

Lo que resulta realmente insólito es que la disciplina de la Comunicación, o sea de las Relaciones Públicas, que lleva la noticia en sus propias entrañas, que es el reverso del Periodismo y por tanto lleva la actualidad y el interés general en la sangre, y que históricamente se ha definido en oposición a la Publicidad, y siempre renegó de sus recursos, que de hecho se enorgullecía de su propio lenguaje informativo, de su código y reglamentación periodística, en directo y claro contraste con la fábula y la emotividad publicitaria, esté tomando exactamente la misma deriva que aquella. La afición al cuento y a lo que está más allá de lo último. La pasión, en suma, por la novelería que, igual que en la publicidad, se manifiesta ya tanto en su reflexión interna como en su ejercicio profesional.

La desnaturalización de las Relaciones Públicas, su desviación por los derroteros por los que siempre ha transitado la disciplina hermana y rival de la Publicidad, me recuerda al modo en que las cajas de ahorros abandonaron su tradicional y distintiva Obra Social para lanzarse en brazos de la insípida y esnob Responsabilidad Social Corporativa (RSC), aquel invento de los bancos para parecerse a las cajas en un momento en que estas tenían prestigio y les arrebataban los ahorros de las modestas clases medias y trabajadoras. Increíblemente, y lejos de aferrarse a lo que les era propio, a su arraigo territorial y a su genuina obra social, la reacción de las cajas de ahorros (cada vez más politizadas) fue vestirse con el traje invisible de la RSC, idéntico a aquel del cuento del Emperador, y empezar a adherirse al Pacto Mundial y hacer memorias certificadas con los criterios del GRI, memorias que no se leían ni las madres y padres que las parían (o que las parimos).

Bueno. Pues del mismo modo que las cajas de ahorros desvirtuaron la esencia de su identidad en la comunicación de su Obra Social, vienen de un tiempo a esta parte desnaturalizándose unas Relaciones Públicas, que, acaso confundidas por el título ambicioso de Comunicación que se ha impuesto en Europa, están dejando de hacer lo que les es propio y genuino, es decir, la información, el acontecimiento, el debate, el razonamiento, la influencia en la esfera pública, para aterrizar en los neo y trans del branded content, el transmedia y la viralidad a cualquier precio.

La novelería actual de la Comunicación es la de una disciplina que ha dejado de ser un ejercicio simétrico del Periodismo, basado en datos y hechos, y en opiniones de valor sobre asuntos públicos, para ser un ejercicio que se confunde y solapa con la publicidad y el marketing en su tendencia a la fabulación, un ejercicio que ha abandonado la noticia para entregarse al storytelling, que ha abandonado la prescripción de terceros por los medios propios, como si estos tuvieran más credibilidad que la publicidad, que ha dejado de basarse en la palabra y en la racionalidad para buscar descaradamente el impacto emocional de las imágenes, un ejercicio que incluso ha reemplazado su genuino objetivo de ganar espacios en los medios por el de comprar espacios en los medios, exactamente igual que la publicidad. Eso sí, con la diferencia, con la bochornosa diferencia, de que esa compra se realiza a través de acuerdos camuflados que son humillantes para los periodistas y deberían serlo también para los dircom.

La Comunicación, en suma, ha dejado de ser lo que es, para entrar efectivamente en una nueva era sobre la que discursea con alegre desparpajo, invadida de anglicismos y novelería, espídica, eufórica de haber encontrado el éxtasis de la constante agitación en la que ha vivido, vive  y vivirá la Publicidad… pero con la salvedad de que a los publicistas esa agitación les resulta necesaria para sobrevivir, y nosotros no sólo no la necesitamos, sino que únicamente puede condenarnos. Las RR.PP. están desnaturalizándose y perdiendo su esencia. Y cuando compra espacios en los medios, yo diría que están pudriéndose.

Lo más paradójico de todo, lo más sangrante, es que esa reconversión de las RR.PP. (íntimamente ligada a lo digital, qué duda cabe) se ha producido justo cuando la disciplina estaba ganando la batalla global de la Comunicación, cuando los dircom habían empezado a ser realmente tales y a acceder a los Comités de Dirección, cuando incluso las pymes habían empezado a utilizar los instrumentos de las Relaciones Públicas, cuando los Departamentos de Comunicación Corporativa habían adquirido la necesaria autonomía e independencia de los Departamentos de Marketing e incluso cuando habían adquirido superioridad jerárquica sobre ellos… Cuando mejor estábamos, empezamos a joder el Perú. Y en este presente de alborozada jodienda parece que vamos a seguir.


Educación y socialismo

Artículo publicado en ABC el 28 de julio de 2017

Recientemente conocíamos que el Ministerio de Educación ha reprochado a cinco comunidades el hecho de que permitan a los alumnos con dos suspensos obtener el título de ESO sin necesidad de ir a la recuperación de septiembre. Al hilo de esta noticia, el director de este periódico, Álvaro Ybarra, se preguntaba en Twitter: ¿Será casual que las comunidades peor posicionadas en el informe PISA sean las que permiten obtener el título de ESO con suspensos? Pregunta a la que, con su permiso, agrego otra: ¿Será casual también que todas estas comunidades, salvo Canarias, estén gobernadas por el PSOE?

Analizando la posición del PSOE en materia de educación, y su querencia cada vez más acusada hacia esa “innovación pedagógica” de aprobar suspendiendo y de “democratizar” las becas y resultados académicos más allá de los méritos y el esfuerzo de los alumnos, me pregunto realmente si no estamos asistiendo a una verdadera disolución socio-psicológica de las ideologías, que elimina los viejos valores y contenidos programáticos, sustituyendo los conceptos políticos por meras etiquetas huecas y a veces hasta contradictorias con aquellos. Lo importante no es lo que es, sino lo que parece ser. Lo relevante no es lo que sea genuinamente de izquierdas, sino lo que la gente identifique como tal.

Es lo que me parece que sucede en la actual relación entre Socialismo y Educación. Porque desde siempre la Educación fue el gran campo de batalla de los partidos de izquierda, y uno de los argumentos más reconocibles de su ideario. Pero su apuesta por la educación pública, como gran instrumento para la igualación social, era precisamente una apuesta por el mérito individual, en oposición a los privilegios de origen o de clase. Frente a las posiciones políticas vinculadas a las clases dominantes, lo que la izquierda propugnaba era la igualdad de oportunidades basada en el esfuerzo y la valía: que sea la formación y no la posición social el elemento determinante de las posibilidades de desarrollo personal.

La suplantación de esta visión sobre la Educación por la que desvincula las becas y los aprobados del esfuerzo y el mérito sólo me resulta explicable a la luz de la aludida disolución socio-psicológica de las ideologías. Ya a finales del pasado siglo XX, diferentes autores advirtieron que la Opinión Pública estaba perdiendo el contenido político y crítico que tuvo en la concepción de los pensadores liberales, para acabar convirtiéndose en una manifestación meramente demoscópica, fruto de las encuestas y de lo que la gente opinaba en ellas. Algo de eso –estimo- está ocurriendo con la política y las ideologías en general: los programas de los partidos se vacían y el pensamiento político (tanto de izquierda como de derecha), antaño sustentado sobre valores y contenidos firmes y reconocibles, es sustituido por una mera colección de clichés o estereotipos que diferencian las distintas partes del tablero político.

A través de estos  clichés, todos, casi de forma instintiva, podemos reconocer si estamos ante una opción política de izquierdas o de derechas. Así, todo lo que es “verde”, “investigador”, “innovador”, “sostenible”, “gay”, “cultural” o “intelectual” se vincula a la izquierda, aunque no tendría por qué ser así. Tradicionalmente lejos de lo empresarial, la izquierda ha hecho sin embargo suyo el emprendimiento y todo ese mundo del “networking” o trabajo colaborativo. Y desde luego todo lo que nos “suena” a “universalización de derechos”, lo vinculamos también con la izquierda, más allá de que estemos pudiendo incluso llegar a confundir el concepto de “derecho” con el de “privilegio”, es decir, con su antónimo.

Yo creo que la política educativa del “aprobado para todos” es una verdadera subversión de las ideas originarias de la izquierda sobre educación. Una sustitución del pensamiento político por clichés socio-psicológicos mayoritariamente huecos pero que en este caso han generado una auténtica inversión del pensamiento original. Frente a la educación universal que propiciaba la igualación de oportunidades a través del mérito, la nueva universalización que se propugna ya no es la del acceso a la de la formación, sino la del acceso al título, anulando por tanto el sentido de la educación y favoreciendo la perpetuación del orden social basado en privilegios de origen.

Dicho de otra forma, las políticas de izquierda sobre educación están lejísimos de ser de izquierda. Y eso ocurre por la disolución socio-psicológica de sus contenidos programáticos en rutilantes clichés que no son sino una manifestación de lo que la gente percibe de forma instintiva e inconsciente. Da igual que existan contradicciones conceptuales, como en este caso. Lo que la gente aprecia que es de izquierda, es de izquierda. Y desde este prisma, sólo desde este prisma, las comunidades que están permitiendo a los alumnos con dos suspensos obtener el título de ESO están siendo muy socialistas.

 


Responsabilidad individual

Si hay un concepto que machaconamente se repite en el ámbito laboral ese es el del trabajo en equipo. Escuelas de negocio, suplementos especializados e incluso grandes instituciones mundiales han vaticinado que las habilidades sociales y de colaboración serán las más relevantes para el mundo profesional, muy por delante de las capacidades técnicas. Tanto predicamento han adquirido estas ideas que se ha construido toda una nueva filosofía laboral exaltadora de las llamadas “soft skills”, es decir, las habilidades blandas o sociales en detrimento de las “hard skills” relacionadas con el conocimiento.

Que yo sepa, a día de hoy, las “softs skills” no hacen ingenieros de caminos, ni neurólogos, ni notarios, ni economistas, ni cirujanos plásticos, pero el director para Europa de una gran multinacional tecnológica declaraba hace poco sin mayor empacho que el conocimiento es “cada vez menos importante”. Según parece desprenderse de las palabras de este experto, y de otros tantos gurús como él, saber de derecho, de medicina o de economía no será realmente importante en el futuro, porque lo relevante será que los nuevos profesionales sean creativos, empáticos, líderes, optimistas, con capacidad de escucha, motivados…, y sobre todo que sepan trabajar en equipo.

Pienso que las “soft skills” han venido a reemplazar a la “actitud” de toda la vida, y esa sustitución no es casual, ni gratuita, sino que responde en efecto a un nuevo ideario laboral que pone el énfasis en la responsabilidad colectiva por delante de la individual. La actitud ya no está en boca de nadie, y no lo está porque emana de la responsabilidad individual, y tengo para mí que estos ideólogos de las “soft skill” no sólo predican lo contrario, sino que habitualmente también practican lo contrario, porque ellos son los “artistas” de la delegación, me tienes para lo que necesites, pero hazlo tú y yo te acompaño a tomar un café, y te escucho y te apoyo y trabajo en equipo contigo mientras tú lo haces todo y sobre todo después de que lo hayas  hecho.

Creo que, antes de lanzarlas, deberíamos pensarnos muy bien disparatadas ideas como la de que “el conocimiento es cada vez menos importante”, que son veneno para la juventud y legitimadoras de una educación con paupérrimos niveles de exigencia, además de un retrato completamente falso de las capacidades que se exigen, a día de hoy, en el mercado laboral. Un mercado laboral, no nos olvidemos, copado mayoritariamente por pymes, que aglutinan el 98% del empleo, y que son demandantes dehard skills”, y sobre todo de profesionales “hards”, o sea, duros y no blanditos, profesionales que pidan ayuda sólo cuando de verdad la necesiten, dispuestos a la solidaridad y al trabajo en equipo pero de ese que nace de la asunción de las obligaciones individuales y no de la cara dura de los que van a la oficina como si fueran a los mundos de Yupi.

Yo comprendo que hay empresas, sobre todo grandes, donde a algunos directivos les interesa fomentar un ambiente donde todos reciben la misma recompensa, los que trabajan y los que no, o, peor aún, donde sólo prosperan los ejecutivos con “soft skills”. Y comprendo también que el mercado de formación de las habilidades sociales funciona de maravilla, porque entrenar las “soft skills” no requiere esfuerzo, no hay que estudiar ninguna legislación, no hay que hincar los codos, no hay que leer nada y casi es mejor no pensar nada, sólo hay hacer tallercitos y convivencias, y reunirse juntos a decir paridas, como cuando teníamos catorce años y nos íbamos de convivencia a tocar la guitarra.

Pero, comprendiendo todo eso, la verdad es que no me explico cómo estamos aceptando barco como animal marítimo. No me explico cómo nos estamos dejando invadir por tango anglicismo huero que, lejos de fomentar auténticos valores, esconden todo aquello que nos repugnaba cuando éramos pequeños: el flojo, el caradura, el que se aprovecha del trabajo del otro, el que nunca hace nada, pero siempre está disponible para un café, el que se escuda en el trabajo en equipo para rehuir la ocupación individual. No comprendo cómo se puede decir que el conocimiento no es importante, si la creatividad no es otra cosa que la capacidad de conectar conocimientos diferentes para inventar cosas nuevas.

Ignoro cómo será la realidad laboral dentro de quince años, y desde luego no niego la importancia de la creatividad y del trabajo en equipo, pero no me cabe duda de que el mundo profesional que yo vivo a diario hoy se parece muy poco a ese planeta guay y fantasioso de de los predicadores de las “softs skills”. La realidad que yo veo es la de empresas necesitada de gente que se instruya, y se forme, pero no en liderazgo, ni en motivación, ni en vacuidades varias, sino en su ámbito de especialización, empresas que suspiran por profesionales que lean y que piensen, que hagan lo que les guste hacer y que lo hagan muy bien, y que se sientan razonablemente satisfechos y motivados por ello, con ese tipo de creatividad que nace de la sabiduría y con un sentido de la responsabilidad individual tan grande que la colectiva resulte una derivación de aquella.

Las empresas demandan en efecto profesionales con actitud, además de conocimiento, pero la actitud sólo emana de la responsabilidad individual, y lo demás son patrañas para gente desocupada.


Mi zona de confort

Ivanhoe, Don Quijote, La Odisea, Los Miserables, Madame Bovary, el arsenal de libros de aquella colección Orbis que me regaló mi padre, y de aquella otra de Salvat, y que me leí cuando era joven, el sofá donde leía tumbado y el de las siestas de los viernes por la tarde, el periodista Manuel Hidalgo conduciendo un programa que hoy sería imposible, o quizá no, quién sabe, las series del sábado tarde, MacGyver, Luz de Luna, Se ha escrito un crimen, las disputas con mi hermano Pedro por el mejor sitio, ¡me pido el sillón bueno!, el teléfono que suena, ¡me pido no cogerlo!, mi familia reunida para ver Autopista hacia el cielo, la tapita del domingo a mediodía con mi cuñado, cuando aún era aspirante a cuñado y me llamaba Miguelata, las latas de sardinas y de atún, los picos y el queso muy viejo que se rompía al cortarlo, ummm, un vino muy dulce que se llamaba Picoplata, mi madre advirtiendo que se nos iba a quitar el hambre, y tratando de que no me durmiera tan temprano, y yo dormido en el sofá a las seis de la tarde, y levantándome a las seis de la mañana porque ya llevaba doce horas de sueño, y mi hermana Inma despierta, estudiando, yo jugando a su lado, y ella estudiando anatomía conmigo, entonces estaba canijo, ella examinándome los huesos, y sacándome del baño, yo temblando de frío, y de miedo en mi primer día en el San Francisco de Paula, con seis años, sin pasar previamente por la guardería, papá, soy el último de la clase, don Luis Rey restándole importancia, qué quieres que sepa con esa edad, tiene toda la vida para aprender, y mi padre infundiéndome confianza, con su inquebrantable optimismo, eres el último pero te pondrás el primero, la admiración y el deseo de seguir a los que eran mejores que yo, que nunca me ha abandonado desde entonces, los profesores que me dejaron humanamente una huella mayor, don Miguel, don Joaquín, don Gabriel, don Juan Francisco, doña María Estela, doña Maribel, y por encima de todos, el propio don Luis, y luego los tres curas rojos, los que más me influyeron intelectualmente, Garrido Luceño, Liencres, García Vázquez, y mis amigos de aquellos años, los del Bachillerato, Cárdenas, Manzanares, Pavón, Rojano, Ros, y los que me acompañaron desde pequeño, Montero, Barrero, Caballero, Cano, Matoso, Gandullo, Candelera, Tovaruela, Urbano y sobre todo Isidoro, el único nombre propio entre un montón de apellidos completamente familiares aún al cabo de los años, 25 desde que salimos allí, los nombres y sobre todo los rasgos de carácter, la impronta franciscana, el espíritu crítico, el respeto a los que no piensan como tú, la admiración por el conocimiento y la buena argumentación, el gusto por la confrontación dialéctica (y por los zascas como los llamaría ahora mi hijo), el gozo por la diferencia mucho más que su mera aceptación, la ironía y cierto relativismo, todo ello filtrado luego por una literatura que me puso de parte de los perdedores, de los personajes complejos, atormentados e incorruptibles, de los tipos duros y muy hombres de la novela negra, desde Sam Spade (Hammett) hasta Quirke (Benjamin Black), y de las mujeres también duras y muy mujeres, inteligentes y seductoras, Humphrey Bogart y Lauren Bacall como síntesis, el cine en blanco y negro, la frase exacta en los labios, esa que afanosamente busco en cada conversación de wasap que se pone interesante y en algunos mails con algunos clientes, esa que casi nunca me viene cuando hablo y un poco más cuando escribo, el diálogo convertido en un ejercicio de esgrima intelectual, como en Oscar Wilde, como en Shakespeare, y yo intentándolo con una niña que me gusta, que me gusta mucho, y que ahora me gusta más, he quedado con ella en la calle Alfonso XII y al cabo de treinta minutos de esgrima se rinde y dice vale, y a partir de ese momento, la predilección por el río y por el Parque y por las callejones más oscuros del centro, la biología impaciente, el erasmus que menos mal que no le dieron, yo consolándola estallando de felicidad por dentro, la carrera que se me hizo eterna al principio y que luego se acabó en un suspiro, Monago, Lastra, Colón, Nacho González, las oposiciones que no llegué a prepararme, Antonio de la Torre mandándome al cuerno por pensar en dejar el periodismo, un encuentro casual con Pepe Álvarez en la facultad, y al día siguiente una llamada de su amigo Rubiales, y desde entonces Euromedia, una producción que echo a perder por desconocimiento e inexperiencia, y mi primer gran contrato, El Monte, Paco Pérez, y, al cabo de los años, su hijo Pérez Valencia y nuestra Universidad Emocional, un montón de clientes y un montón de gente extraordinaria, mis socios y compañeros, el Tusquest de Dani, y, sin ser consciente, el trabajo para el que me había estado preparando desde que era pequeño, con los libros que leí en los veranos de adolescente, y con los que luego seguí leyendo cuando me hice adulto, Rojo y Negro, Conversación en la Catedral, La Consagración de la Primavera, Habana para un Infante Difunto, y otros novelones que nunca lograré escribir, con el nuevo periodismo de Tom Wolfe y Gay Talesse, con las columnas de opinión que devoraba a diario, Umbral, Ignacio Camacho, Raúl del Pozo, Ferrand, con el costumbrismo de Larra, y con las clases de Historia y Filosofía Política de Alfonso Braojos, con los textos leídos de Platón, Maquiavelo, Locke, Rousseau, y el feliz descubrimiento de Habermas preparando las clases de Opinión Pública el último verano, qué forma de razonar y desarrollar la argumentación, de conseguir que cada idea sea la consecuencia natural de la anterior, y que todo forme parte de un discurso único y completamente redondo que progresa desde la primera línea hasta la última, abriendo nuevas perspectivas al lector, descubriendo territorios antes inexplorados, argumentar, rebatir, cuestionar, persuadir, informar, editorializar, a veces seducir, en eso consiste lo que me gusta hacer, y también mi trabajo, la poderosa seducción de la pantalla en blanco, la creatividad, la pasión, la originalidad, que viene de origen, la fórmula de la exitocina, que tu ocio sea tu negocio, los ratos disfrutados juntos a Paco Ortiz escribiendo el libro de su vida, la pluma regalada por Fernando y Mari Paz cuando lo presenté, las noches de vino y conversación pasadas con ellos, y con otros tantos amigos de la madurez, el padel y las deshoras en el Rincón de Juan con O'Connor y Contreras, los paseos de los sábados hasta el centro para ir a desayunar, las calles de mi geografía emocional, Abades, Bamberg, Guzmán el Bueno, Segovias, Mármoles, Argote de Molina, Corral del Rey, Estrella, Manuel Rojas Marcos, Pajaritos, mis abuelos y todos los que me precedieron, mi padre que está en lo más Alto de mi memoria, mi madre y todos mis hermanos, Milagritos, Inma, Pedro y Fran, mi primo Jesús, que fue como mi hermano pequeño, su madre, que es mi tía Paula, mi hijo mayor que se llama también Jesús, y Miguel, el pequeño, con el que pierdo el pie, mis días sólo para Manuela, y de Manuela solo para mí, las ciudades de fin de año, los días de verano en Lisboa, las noches estrelladas en una terraza de Isla Cristina, los sueños cumplidos y por cumplir, y los que nunca se cumplirán, el placer de contarlos, y de escribir este blog, el placer de buscar el placer en todo, y sobre todo en lo cotidiano, como el detective de Twin Peaks a punto de tomarse un dónut para desayunar, el café muy amargo y muy caliente, una tostada con el queso fundido, una botella de vino, la primera copa y la última, la ducha tras levantarse, y la de antes de salir a cenar, esas son mis coordenadas, el territorio del que vengo y donde estoy, y no quiero abandonarlo, sino extenderlo, y sobre todo habitarlo, intensamente, mi zona de confort, ayer, ahora y siempre, hasta que la muerte nos separe, amén.


Somos la izquierda

Artículo publicado en ABC el domingo 2 de julio de 2017

La historia política de finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI está muy influida por el marketing. Numerosos intelectuales -y Habermas con suprema brillantez- han descrito cómo la política se ha convertido en un ejercicio de mercadotecnia, regido por las mismas reglas y técnicas de la colocación de productos comerciales. La investigación de mercado, el uso de la publicidad y las relaciones públicas, la identidad de marca, las campañas y, últimamente, hasta el storytelling y la viralización de contenidos vía redes sociales tienen hoy tanto peso en la vida política como los propios debates parlamentarios.

En los últimos años, el marketing -y en general, el mundo de la comunicación- está virando de forma muy acusada hacia las emociones. La publicidad siempre ha buscado traspasar el territorio racional para llegar a los resortes emocionales de la conducta. Eso no es ninguna novedad. Pero, si antes lo hacía de una forma más o menos velada, ahora lo hace abiertamente, arropada por un discurso social exaltador y legitimador de los sentimientos. Si antes lo que estaba bien visto socialmente era “actuar con cabeza”, “pensártelo bien”, hoy lo que se promueve es “dejarse llevar”, hacer “lo que te dicte el corazón”.

En ese nuevo discurso dominante, todo lo racional es presentado como parte de un territorio “gris”, “aburrido”, “reprimido”, frente al cual se antepone el territorio “auténtico”, “divertido”, “nómada” y “abierto” de las emociones. Y desde esa legitimación social de lo emocional, la nueva mercadotecnia se afana expresamente en promover nuestro lado “salvaje e instintivo”, presentándolo como “lo mejor que llevamos dentro” e instándonos a querer a los productos y a las marcas como a las personas y a basar nuestras decisiones en los mismos patrones que rigen las relaciones humanas, olvidándonos de las razones en beneficio de los sentimientos.

Si ese discurso exaltador de lo emocional se ciñera al ámbito del consumo, a la esfera privada de las decisiones de compra, este debate que estoy presentando correspondería al de un foro profesional o especializado, y no nos concerniría especialmente como ciudadanos. Si el consumidor prefiere comprar un ordenador no por sus características técnicas y su relación con el precio, sino por los sentimientos que le inspira, nada puede reprochársele. Sólo cabe desearle que disfrute mucho con su experiencia de usuario.

En el marketing actual, la propuesta única de venta (racional) está siendo reemplazada por la experiencia única de venta (emocional). Y esta transformación está llegando también a la vida política actual, fuertemente influida por la mercadotecnia.

El problema (porque en efecto lo es) es que esta forma de consumir/elegir se está trasladando al ámbito político. La historia reciente nos demuestra que todo lo que empieza en el marketing acaba en la política, y hay signos más que evidentes de que la toma de decisiones basada en emociones está empezando a adquirir prestigio en la vida pública. Nuevamente, hay que subrayar que la utilización de las emociones no es nueva en política, de hecho es al menos tan antigua como el hombre y en ella se fundamentaron los totalitarismos europeos del pasado siglo, pero el riesgo que se nos presenta ahora, dentro de las propias democracias occidentales, es el del encumbramiento sin tapujos de las emociones como desiderátum de la forma de hacer política y de decidir en política, en detrimento de la vieja racionalidad que inspiró la Ilustración y los ideales de las revoluciones liberales.

En la escena política nacional tenemos ejemplos bien elocuentes. Si la exaltación emocional alumbró el nacimiento de Podemos, no menos significativo resulta que el nuevo PSOE de Pedro Sánchez fundamente todas sus esperanzas de resurgimiento en el concepto (es un decir) de “somos la izquierda”. Una apelación emocional detrás de la cual no hay absolutamente nada, salvo el rechazo instintivo y visceral a la derecha, es decir, al PP, el cual no se apoya en ninguna razón intelectual de peso, sino en un sentimiento tan profundamente irracional, o quizás más, como el que inspira el nacionalismo de Mas y Puigdemont. Unos se sienten catalanes y otros de izquierdas, y no hay más que hablar, porque con los sentimientos no hay discusión posible. El PSOE se define en contraste con el PP, del mismo modo que el nacionalismo catalán lo hace en oposición a España. Bajo esa carcasa emocional, el vacío intelectual, la ausencia de razones, la nada ideológica.

Las emociones no son debatibles ni compatibles con el interés general, porque son individuales e intransferibles. Las razones, en cambio, se pueden replicar, pueden vencer o salir derrotadas, y su territorio natural es el del debate. Por eso, la política debería ser discusión racional basada en argumentos lógicos, no un territorio de exaltación emocional.

La política en democracia debería ser justo lo contrario: discusión racional basada en argumentos lógicos para dirimir las mejores decisiones. Las emociones no son debatibles ni compatibles con el interés general, porque son individuales e intransferibles. Las razones, en cambio, se pueden replicar, pueden vencer o salir derrotadas, y su territorio natural es el del debate.

Que las decisiones de consumo se fundamenten en emociones acaso solo refleje que estamos en una sociedad tan desarrollada como inmadura y frívola, ansiosa de experiencias y gamificación. Que basemos los argumentos y las decisiones políticas electorales en emociones sólo puede conducirnos a la extinción de los valores políticos de la cultura occidental.


Nadie lee

Nadie  lee. Lo vengo escuchando desde que empecé en esto. Y ahora más que nunca. Nadie lee. Y junto a la advertencia, una reconvención habitual. Demasiado texto. A veces, una premonición. Una amenaza. Estás/estáis muerto/s. Vuestras ideas son cadavéricas. Grecia, el Humanismo, la Ilustración. La razón. Los periódicos de papel. Los clubes, los salones, las tertulias. El público lector. A quién se le ocurre. Te lo he  dicho. Nadie lee. Haz un resumen ejecutivo (sic). Introduce imágenes. Que la presentación se meta por los ojos. Nadie lee. Si acaso un tuit. Y ni eso. Si escribes un texto, que sea un eslogan.

Nadie lee, mira que me lo han dicho veces. Tus clientes no leen, sus altos directivos no leen, los clientes de tus clientes no leen, y tampoco leen sus proveedores de servicios, ni las entidades financieras que les prestan dinero, ni las asociaciones con las que se relacionan. Los políticos por supuesto tampoco leen, si acaso resúmenes ejecutivos (sic, otra vez), y normalmente no los leen, sino que se los cuentan. Nadie lee, así que no es importante que tengas gente que escriba bien, que sea precisa en el lenguaje, que sea capaz de desarrollar argumentos complejos… La era del pensamiento simple requiere un nuevo perfil de comunicador. Otras capacidades. ¿Cuáles? Digitales, ya sabes.

Nadie lee, eso a estas alturas ya es seguro, piensa en los youtubers, mírate en el espejo de los influencers, y observa lo que comparten: vídeos, fotos, GIFs, gráficos, ilustraciones… Una buena dosis de motivación y varios signos de admiración al final de palabra. Vamos!!! Puedes!!! Y los hashtags inevitables. #Happyness. #Life. #Exciting. #Amazing. La vida es emotion y tus ejecutivos necesitan nuevas skills, sin duda. Sería mejor que no fueran periodistas. Sobre todo si son de esos periodistas que todavía escriben o escribieron en los periódicos. Nadie lee, no necesitas gente que lea periódicos, ni ensayos, ni literatura, necesitas savia nueva.

Nadie lee, eso está claro, pero cuando un cliente te contrata, no por esos tochos infumables que son tus propuestas, sino porque alguien te prescribe, que es recomendarte más ejecutivamente, como los resúmenes, suele ocurrir que buscan la notoriedad y el prestigio que otorgan los medios de comunicación, y a los medios se llega con informaciones bien escritas, informaciones con datos interesantes y argumentaciones novedosas, que habitualmente son capaces de redactar los periodistas cínicos que se cuestionan cosas, que no han perdido el colmillo, que escribieron o podrían escribir en los periódicos, y que leen diariamente noticias y artículos de opinión y disfrutan con un buen libro entre las manos casi tanto como con un buen polvo.

Nadie lee, por supuesto, pero suele ocurrir que algunos clientes contratan Relaciones Públicas para desarrollar estrategias de acercamiento a las administraciones públicas, a los decisores, como se dice ahora, y resulta que las conversaciones telefónicas no son suficientes, y menos un tuit, y cualquier aproximación exige un montón de comunicaciones escritas, que no pueden resolverse a base de ilustraciones y fotos, sino de algo tan vetusto como las palabras, los párrafos bien encadenados, una idea que te conduce a la siguiente, una argumentación que progresa, y finalmente una conclusión, una petición, una propuesta, que cae casi de forma aplastante, por su propio peso, el peso de todo el razonamiento expuesto desde la primera línea hasta la última.

Nadie lee, a dónde vas con este artículo tan largo si no lo va a leer nadie, y sin embargo cada vez hay más organizaciones que pretenden mantener con sus públicos relaciones vivas y posicionarse no sólo comercialmente sino también intelectualmente como referentes de conocimiento dentro de su sector de actividad. Empresas, asociaciones empresariales, fundaciones, colegios profesionales, sociedades científicas, centros tecnológicos que aspiran a tener una voz reconocible, a aportar conocimiento e información de valor relacionada con su especialización, y que para ello ponen en funcionamiento sus propios medios de comunicación, que se nutren de artículos, y de noticias, y de entrevistas, repletas nuevamente de palabras, de ideas, de argumentación.

Nadie lee, eso es evidente, pero los clientes que contratan agencias como la nuestra, leen con lupa todo lo que les afecta, y, bueno…, cómo leen los textos que escribimos para ellos, después de todo es lógico, porque lo que estás escribiendo tú, lo están firmando ellos, y si ellos son nefrólogos, esperas que escribas (casi) con el conocimiento y la precisión de un nefrólogo, y más vale que apenas deban tocarte el texto porque entonces no les sirves, y desde luego no les abrumes pidiéndoles documentación, porque la documentación está ahí, recuerda, la era digital, todo está a un clic, así que búscalo y encuéntralo, y entiéndelo, habitualmente será complejo, pero ese es tu trabajo, entender cosas complejas, y hacer de ellas textos sencillos, no textos confusos repletos de simplezas, sino al revés, textos como a tu cliente le gustaría escribir, con el estilo de un comunicador pero con la precisión quirúrgica de un experto, tu trabajo es pensar lo que piensa tu cliente antes de que lo piense, y que te diga que parece que le lees el pensamiento. Nadie lee, indudablemente, salvo cuando un cliente escudriña el texto que va a asumir como propio. 

Nadie lee, ya me lo has dicho, y por eso cuando contratas un nuevo ejecutivo con altas capacidades digitales, y sin experiencia periodística de ningún tipo, con solvencia acreditada para multiplicar los me gusta de una marca de zapatillas deportivas, y le confías una cuenta de estas que nos entran a los relaciones públicas, con interlocutores que son ingenieros de camino y aeronáuticos, y abogados, y farmacéuticos, y médicos, que por supuesto nunca han leído, porque les han regalado sus títulos, resulta que, como te descuides lo más mínimo, pone una información en redes o escribe un mail que no tiene ni pies ni cabeza, y hace una llamada que te pone los pelos de punta, porque el contenido de ese correo o de esa conversación no representa bien los intereses del cliente y porque se parece a lo que quiere decir, pero sólo se parece, y no es lo que quiere decir, y a veces es incluso lo contrario, o es un disparate, y entonces ya tienes montado el lío, sí, esa gente que nunca lee, salvo, qué mala suerte, lo que tu consultor ha escrito, está en cólera, las alertas se han disparado, la confianza se ha quebrado, la reputación de tu cliente está por los suelos porque la gente que nunca lee ha leído y lo están poniendo a caer de un burro, cómo hemos podido decir algo semejante.

Nadie lee, es obvio, y lo importante es hacer vídeos que viralicen, pero si eres incapaz de concebir conceptualmente ese vídeo, y de materializar ese concepto en una secuencia de imágenes que represente lo que tu cliente quiere decir, en unos rótulos que respondan exactamente a la información que tu cliente quiera transmitir, y en una locución que haga lo mismo, entonces puedes meterte el vídeo por donde no luce el sol.

Nadie lee, hay que admitirlo, pero somos lo que pensamos, leemos y escribimos, y a las marcas les pasa lo mismo, que son lo que escriben y lo que cuentan, y, por eso, cuando saben lo que hacen, a pesar de que nadie lee, contratan a consultores que piensan mucho, porque leen y escriben mucho.

Nadie lee, eso es tal cual, pero nunca han sido más necesarios los profesionales leídos.


La mayoría silenciosa

Artículo publicado el domingo 14 de mayo en ABC

Conocida por su teoría de "la espiral del silencio", la profesora Noelle Neuman describió con lucidez que los cambios en los climas de opinión se producen cuando las mayorías se vuelven "silenciosas" y ceden su espacio a minorías resueltas a manifestar sus ideas hasta convertirlas en predominantes. Si pensamos en cuestiones como la homosexualidad, los modelos de familia o los roles de género, en las que se ha producido en nuestro país un giro de opinión muy acusado, comprenderemos hasta qué punto se cumplen las premisas de esta politóloga alemana acerca de cómo suceden los cambios en la Opinión Pública. Hace tres décadas, casi nadie se atrevía a hablar públicamente a favor de los homosexuales. Hoy, lo difícil, afortunadamente, es defender ideas homófobas: cualquiera que lo haga en un entorno abierto se expone a ser arrasado por un tsunami de reprobaciones.

Uno de los grandes méritos de la investigación de Noelle Neuman fue, por tanto, mostrar cómo las opiniones se vuelven mayoritarias cuando logran hacerse visibles y ruidosas. El miedo a expresar públicamente una opinión es, en este sentido, el indicador más claro de su aprobación o rechazo social. Y este miedo hace que esa opinión sea cada vez más minoritaria, abocándola finalmente a una “espiral de silencio”. En cambio, las ideas que se expresan públicamente sin ningún rubor son las que se vuelven cada vez más fuertes y prevalentes. La politóloga alemana también explicó que “en el curso normal de los acontecimientos hace falta un tiempo muy largo para que los individuos independientes de una masa dispersa acepten una nueva idea, pero si se consigue organizar a los individuos en una masa concreta que favorezca la nueva idea, el proceso de cambio valorativo se acelerará, porque la masa demuestra que la idea puede apoyarse en público sin riesgo de aislamiento”.

Básicamente, esto es lo que ocurre en todos los procesos revolucionarios. Desde la Toma de la Bastilla hasta la Cuba de Fidel Castro, pasando por la Alemania nazi de Goebbels, la historia ha demostrado que la difusión de nuevas ideas se acelera de forma exponencial cuando una masa abstracta o latente se convierte en una masa concreta. “Las masas latentes y las masas concretas siguen leyes diferentes. En el primer caso se componen de personas con miedo al aislamiento. En el segundo carecen de ese temor. La sensación de reciprocidad es tan penetrante en la masa concreta que los individuos ya no necesitan asegurarse de cómo tienen que hablar o que actuar. Es una unión tan densa que son posibles incluso cambios dramáticos”, explica Noelle Neuman. Los investigadores sociales también conocen que las masas concretas que impulsan los movimientos revolucionarios surgen cuando se amplía la distancia entre lo que la gente piensa sobre cómo es la situación política y sobre cómo debe ser: a mayor distancia, mayor posibilidad de cambios drásticos en la Opinión Pública.

El futuro de la situación política en España (y en general en toda Europa) depende en buena medida de estas variables que vengo comentando: la distancia entre el “ser” y el “deber ser” de la situación política en la percepción social de la población; el impulso que las ideas minoritarias puedan recibir de masas concretas dispuestas a cambios drásticos; y las dificultades que encuentren las mayorías para expresar públicamente sus ideas. Si siguen aflorando nuevos casos de corrupción, aun cuando la situación económica esté mejorando ligeramente, la gente pensará que el estado de las cosas es muy diferente a como debería ser y esa distancia alimentará a los partidos que basan toda su estrategia electoral en la expresión del descontento de la calle. Al mismo tiempo, las mayorías moderadas tendrán cada vez más dificultades para expresar sus ideas, y más razones para permanecer silenciosas, lo que acabará debilitando sus opiniones y volviéndolas minoritarias.

Dicho de otra forma, las posibilidades de éxito de los partidos extremistas serán directamente proporcionales a su capacidad de convertir el descontento latente en manifestaciones de protesta en la calle, así como al bochorno que los votantes moderados sientan al reconocer que lo son. En nuestro país, Podemos lo ha comprendido perfectamente y, frente a la alternativa institucional propuesta por Errejón, se ha decantado abiertamente por la vía de las trincheras defendida por Iglesias, que ya prepara un mayo caliente de movilizaciones contra la corrupción política. Sin embargo, Rajoy parece no darse cuenta de que la mayoría que soporta su Gobierno es cada vez más silenciosa (además de vieja demográficamente), y que se siente cada vez más arrinconada y más avergonzada de votar al PP o a cualquier otro partido que deje gobernarlo.

Mientras la minoría extremista se dispone a rugir en la calle, haciéndose cada vez más ruidosa, visible y fuerte, la pasividad de Rajoy con la corrupción está abocando a la España templada a una verdadera espiral del silencio. La mayoría, cada vez más envejecida y muda, corre el riesgo de volverse minoritaria.


Alianza contra las Hepatitis Víricas

La Alianza contra las Hepatitis Víricas ha confiado en Euromedia la gestión de su estrategia de comunicación y asuntos públicos. Una nueva experiencia que Euromedia suma a su historia en el campo de la salud, uno en los que reúne mayor especialización. La Alianza contra las Hepatitis Víricas es una iniciativa de diferentes asociaciones y sociedades científicas para informar y concienciar de la necesidad de acometer la detección precoz de las hepatitis víricas e implantar programas de cribado y planes para la eliminación de estas enfermedades.