Miércoles, 24 de Mayo de 2017

Tu información: el activo más deseado

04 abril 2014

"Al pensar en una web, la mayoría la concibe como una mera herramienta para comunicar. Sin embargo, sería un craso error pasar por alto la posibilidad de que sean los propios usuarios quienes creen contenidos por nosotros, y más aún no contemplar la opción de recopilar información de éstos que sea útil para nuestra estrategia de marketing."

Es curioso mirar atrás y ver cómo el papel de la información en internet y su flujo han cambiado radicalmente desde el inicio de los tiempos en la red de redes.
 
En una etapa primitiva, las grandes corporaciones tenían el monopolio de la información, que emitían desde sus espacios web para hacerla llegar a los particulares. Se trataba de información de interés para el público que fluía exclusivamente desde estas compañías a los usuarios. Fue la época dorada de las "punto com", muchas respaldadas por grandes empresas de telecomunicaciones: portales, directorios y buscadores como Terra, Lycos, Google, Yahoo!, Altavista, Hispavista, Eresmás, Ozú... que competían por producir la mayor cantidad de información y de mejor calidad para hacerse con la, por entonces, escasa publicidad online existente. Algunos de mi quinta aún los recordarán.
 
En aquellos tiempos, tener voz en internet era algo impensable para un usuario particular, por las trabas económicas y tecnológicas, sí, pero, sobre todo, porque a nadie en su sano juicio se le pasaba por la cabeza que su información pudiera tener algún interés. Además, para eso estaban los periódicos y las revistas.
 
 
El ocaso de los dinosaurios
 
Pero la evolución de los lenguajes de programación web, mucho más dinámicos, permitió a algunos visionarios cambiar esta mentalidad: la gente también tenía información interesante que contar y estaba deseando compartirla. Llegaba algo nuevo, que vino a llamarse la Web 2.0, y que propició la extinción de los grandes dinosaurios. Sólo Google y Yahoo! sobrevivieron, pero como buscadores, por la calidad de sus servicios. Existían algunos antecedentes en esta idea de permitir a los usuarios emitir información en internet, como los canales de chat IRC o Messenger, pero, para ellos, el valor de esa información era efímero y de interés sólo para un número muy reducido de interlocutores.
 
Lo que Facebook, Twitter, Linkedin, Google+, Wikipedia, Blogspot o YouTube tienen en común, es que se limitan a poner en manos del público una aplicación o herramienta, sin invertir recursos en producir información. La información llega sola y de forma altruista y, a su vez, sirve de cebo para atraer a otros usuarios. Los antiguos portales de la web 1.0, lastrados por el coste de producir y actualizar su propia información, no pudieron competir y fueron devorados por los portales de la nueva era.
 
A diferencia de la etapa anterior, en ésta, la información fluía entre los propios usuarios, sin pasar por los propietarios de los portales, que sólo estaban interesados en competir por acaparar el mayor número de visitas para quedarse con la mayor porción posible de la creciente tarta de la publicidad online.
 
 
La información como principal activo
 
Pero en los últimos tiempos estamos asistiendo a un nuevo giro en lo que se refiere al flujo de la información y su valor. Los portales 2.0, a los que hasta ahora sólo les interesaba sumar muchas visitas para tener más audiencia y así vender espacios publicitarios, se despreocupaban por la información publicada. Simplemente, no era asunto suyo, sino del público. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, se han percatado del enorme valor que tiene la información que manejan para hacer negocios con terceros. De ahí los continuos cambios en las políticas de privacidad de estos servicios.
 
Mucha gente piensa que tiene control sobre lo que comparte en la red, pero si nos paramos a pensar lo que sabe de nosotros una corporación como Google, con red social, navegador, presencia en la mayoría de los dispositivos móviles con geolocalización, servicios de asistencia a la navegación, almacenamiento de vídeos y otros documentos en la nube, operador de telefonía (próximamente)... es para echarse a temblar. Con todo ese arsenal de Armas de Recopilación Masiva de Datos a su disposición, es relativamente sencillo saber quiénes son tus amigos (contactos de G+ y Android), a los que a su vez conoce a fondo, tus aficiones, tendencias políticas y gustos (contactos de G+ y Android, historial de navegación Chrome, publicaciones en G+, YouTube y Blogger), qué aspecto tienes (etiquetas y foto de perfil de G+, fotos de tu contacto en los teléfonos de tus amigos), las zonas por las que te mueves, dónde trabajas, dónde vives, dónde pasas la noche (GPS Android, G Navigator, G Maps, Waze)... La lista puede ser interminable en función de lo que cada uno tenga almacenado en la nube (Drive).
 
 
Seamos mal pensados
 
Esta información, que de momento está protegida legalmente, es de gran valor, no sólo para la NSA y otros servicios de inteligencia, sino también y sobre todo para empresas que están dispuestas a pagar grandes sumas para obtener una ventaja sobre su competencia. Pongamos un ejemplo práctico que pone los pelos de punta:
 
Un buen día, a Alejandro, uno de los miles de community managers expertos en redes sociales que aparecen cada día entre nosotros, lo llama su aseguradora para decirle que no le renueva el seguro del coche, sin darle ninguna explicación. A Alejandro le extraña mucho, porque sólo lleva un año conduciendo y no ha presentado ningún parte de siniestro ni ha tenido ningún accidente. Indignado, decide llamar a otras aseguradoras que, al proporcionarles su DNI, le dicen que no lo aseguran o le piden cifras astronómicas por hacerlo. Entonces, Alejandro decide que sea su mujer quien contrate el seguro, pero descubre que le ocurre lo mismo. Finalmente, Alejandro tiene que optar por malvender su coche y renunciar a conducir sin entender por qué le ha ocurrido esto.
 
En este relato de ficción, la clave está en la información que Alejandro ha compartido, consciente o inconscientemente en internet y que ha acabado en manos de las aseguradoras. Lo de su relación con su esposa se explica fácilmente porque es pública en Facebook. Respecto a la negativa de renovarle el seguro, lo más inmediato es pensar que Alejandro ha publicado fotos o vídeos haciendo barbaridades con el coche o que, aunque él no lo haya hecho directamente, ha podido ser un conocido quien haya subido la información, etiquetándolo posteriormente en ella. Pero no es el caso, porque Alejandro no ha sido tan imprudente. Su historial es impecable en las redes.
 
Entonces, ¿qué saben las aseguradoras? Pues bien, Alejandro cometió la imprudencia de usar en su coche un navegador social durante su primer año de conducción. Ese navegador (y las aseguradoras) saben que Alejandro conduce habitualmente por encima de los límites de velocidad permitidos en cada tramo, conduce bruscamente y que viaja mucho, estacionando el coche en barrios conflictivos. Alejandro ha estado contando todo esto en tiempo real, y sin pulsar ningún botón de compartir.
 
Este relato sólo es ficción, pero ¿cuánto estaría dispuesto a pagar una aseguradora por estos datos a fin de conseguir una cartera de clientes con menor índice de siniestralidad que su competencia? Con esta información, seguramente hundiría a la competencia lanzando ofertas exclusivas a buenos conductores.
 
 
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