Aquí escribiré de placeres. Del placer incomparable de enfrentarse a la pantalla blanca del ordenador, y encontrar palabras para las ideas, e ideas para los propósitos. De buscar otras maneras de contar, o las mismas de siempre, y que emocionen, o convenzan, o rasguen, o ilusionen, o solo informen, y que sobre todo toquen a la puerta de la gente, y logren que alguien les abra. El placer de dedicarse a lo más esencial e indisociable de la naturaleza humana, que es comunicarse, escuchar y ser escuchado, que es tanto como querer y ser querido. El placer de trabajar para admirar y que te admiren, buscando el reconocimiento en cada tarea, como si te fuera el humor (y hasta el amor) en ello. El placer de que el trabajo sea algo tan personal y pasional, que cada día te exaspere y te conforte, te deprima y te levante, te genere euforia y consternación. Una profesión amable y áspera como la vida misma, cuajada de decepciones (exageradas), júbilos (insensatos), inseguridades (excesivas) y (algunas, pocas) certidumbres, sometida a igual enjuiciamiento por los que tienen criterio y por los que, sin tenerlo, opinan, valoran y deciden de igual modo. El placer casi sadomasoquista de ejercer un oficio sobre el que todo el mundo sabe, y opina, y tiene algo que decir. 

Escribiré por tanto del placer de trabajar en la comunicación, ayudando a contar y compartir la visión que tienen de las organizaciones sus líderes, y los que no lo son, y del placer de llevar dieciocho años haciéndolo, sintiendo que cada día es diferente, y que cada vez tengo más dudas y menos certezas, y que sólo sé que no sé nada, nada que no pueda ser puesto en tela de juicio, sometido a revisión o incluso a franca rectificación. Escribiré del placer de sentirme lo suficientemente baqueteado como para no tener que ocultar mis dudas, e incluso para exhibirlas delante de mis clientes, en ambiente de mutua confianza y -ese es el desiderátum- de mutuo reconocimiento. El placer de llevar más de quince años trabajando para algunos directivos que han cambiado hasta de empresa, pero no de agencia, y que siguen contigo, y tratándote como a un amigo. El placer incomparable de vender y que te compren. Y que te compren más cuanto más te conocen.

Escribiré, por tanto, de trabajar, y de trabajar/vivir, pero también de vivir a secas, de los minúsculos y efímeros placeres que son los más duraderos e intensos, como el placer de merendar cuando nadie ya merienda, en un atardecer parsimonioso de otros tiempos. O el placer inmenso de disfrutar de una conversación fabulosa acompañada de un buen vino (o de un vino fabuloso acompañado de una buena conversación). El placer de llegar a casa cada noche y que te abracen tus dos hijos como si volvieras de un viaje muy largo. De tardes de domingo dedicadas en exclusiva a la literatura, a la música, o a no hacer nada. De hoteles que merecen un viaje y de restaurantes que se merecen la noche de un sábado. De novelas y películas inolvidables, y de novelas y películas que olvidaremos con facilidad, pero que nos han hecho un poco más felices (de lo que ya lo somos).

De todo eso va este blog.

Están ustedes invitados… El placer es mío.