A ti, que eres periodista y has llegado a ser dircom de una gran multinacional, que  manejas importantes presupuestos de comunicación,  que tienes la gran responsabilidad de gestionar la reputación de una de las empresas del Ibex 35, y que lo eres porque con toda probabilidad has hecho méritos para ello, porque has tenido una destacada carrera en comunicación corporativa y en medios económicos, o únicamente en comunicación corporativa, pero has pasado por muchos puestos, y has tenido que bregar en las trincheras, y has llegado adonde estás después de subir peldaño a peldaño en tus atribuciones, a ti, que seguramente ya no escribirás tanto porque escribirán para ti, pero que tienes el paladar suficiente para apreciar una buena información, para distinguir un texto de valor y una mierda de texto, a ti, apreciado colega, quiero pedirte una cosa: por favor, no lo hagas.

No compres espacios informativos en los medios, no negocies comercialmente para que los periódicos reproduzcan íntegramente como información propia textos elaborados por tus departamentos, no exijas (no consientas siquiera) que retiren el cintillo de publirreportaje de los textos que respondan estrictamente a esa etiqueta, no asocies tu marca a apestosas noticias sin ninguna credibilidad periodística, no llegues a acuerdos económicos denigrantes que te garanticen una presencia informativa al peso, no abuses de la debilidad económica de los medios ni obligues a los profesionales que trabajan en ellos a taparse la nariz cuando contemplan su producto, no derribes en suma las fronteras que separan la información de la publicidad, que deben separarla, no denigres el periodismo y sobre todo no denigres las relaciones públicas, un oficio al menos centenario que desde su fundación a principios del siglo XX ha vivido consagrado al objetivo de ganar espacios en los medios, no al de comprarlos.

No asocies tu marca a apestosas noticias sin ninguna credibilidad periodística, ni llegues a acuerdos económicos denigrantes que te garanticen una presencia informativa al peso

Recuerda la célebre Declaración de Principios de Ivy Lee, nuestra intención es ofrecer noticias, esto no es una agencia de publicidad, si piensa que algunos de nuestros asuntos encajan en su departamento comercial, no los utilice, ¿lo has olvidado?, pues sí, es lo que decía aquel texto fundacional de nuestra disciplina, en realidad es lo que decíamos todos cuando empezamos en esto, seguro que te acuerdas de tus peleas con los departamentos comerciales, esto no es noticia, si quieres que aparezca paga un anuncio, no podemos mandar publicidad como información, nuestra obsesión por remarcar los límites, porque en ello iba nuestro propio prestigio profesional, ante los ojos de los periodistas y ante nuestros propios ojos, y alguna vez transigimos, claro que sí, pero muy cabreados, y no sin montar antes un alboroto de mil pares de narices, no sin advertir esto no va a salir en ningún lado, no sin mandar muy a regañadientes el fax, y boicoteándolo en la práctica,  al no llamar para pelear por  su publicación, por mucho interés que tuviera el presidente o el director general, porque eso era quemarse para nada, y nosotros éramos periodistas, colegas hablando con colegas, se nos hubiera caído la cara de vergüenza pidiendo la publicación de una noticia que no lo era, y así fue precisamente como fuimos acrecentando el prestigio de lo que hacíamos, defendiendo nuestro territorio, y haciéndoselo comprender a quienes no lo comprendían, dándole a la información todo el valor que la información tiene cuando es libre, cuando está mediada por un tercero, cuando ocupa un espacio que ha sido conquistado por la persuasión, no pagado con el dinero.

Respetando la información, y respetando nuestro trabajo y haciéndolo respetar, fue como el viejo gabinete de prensa se hizo departamento de comunicación y como las viejas relaciones públicas subieron en el organigrama ganando territorios de gobierno sobre las disciplinas aledañas. Si hoy tenemos direcciones de Comunicación y estas engloban no solo las tradicionales Relaciones con los Medios, sino la Comunicación Interna, y la Comunicación Comercial, y la Comunicación 2.0., y las Relaciones Institucionales, y la gestión de los Asuntos Públicos y a veces hasta el Marketing y otras políticas corporativas como la Responsabilidad Social, si hoy sucede todo eso, es gracias al prestigio que supimos darle a nuestra actividad, gracias al modo en que defendimos el valor de lo que hacíamos, gracias a que pusimos límites, a que no nos degradamos, ni dejamos que nadie nos degradara, gracias a que dejamos muy claro a todo el mundo que no hay nada que tenga más credibilidad y aporta más prestigio a una marca que la información o la opinión independiente de un tercero, gracias a que promovimos la convicción de que las empresas deben hacerse más transparentes y dar explicaciones, de que no todo puede comprarse con dinero y de que las relaciones con los públicos deben basarse en el respeto y el interés mutuo.

Respetando la información, y respetando nuestro trabajo y haciéndolo respetar, fue como el viejo gabinete de prensa se hizo departamento de comunicación y como las viejas relaciones públicas subieron en el organigrama ganando territorios de gobierno sobre las disciplinas aledañas

De hecho, si hoy tú eres dircom de una gran empresa que maneja grandes presupuestos para su Comunicación es porque los directores generales y presidentes te compraron ese discurso, porque nos lo compraron a todos los que hacíamos y/o hacemos Relaciones Públicas, porque creyeron que efectivamente lo que aporta mayor valor a las marcas es lo que otros dicen de ellas, porque se dieron cuenta de que la información suscrita por un periodista independiente, con sus asperezas, con sus imperfecciones también, genera no sólo mucha mayor notoriedad sino mayor prestigio que el anuncio que responde exactamente a lo que queremos decir. Si hoy tú eres dircom es porque defendiste que la publicity (la presencia informativa en medios) tiene más valor que la publicidad, precisamente porque puede salir bien o mal, porque es arriesgada, porque depende del juicio final de un periodista que puede ponerte a caer de un burro. Si hoy tú eres dircom es porque asumiste y asumimos un lenguaje informativo con unos códigos completamente diferentes al publicitario, y con el mismo respeto a la verdad y los hechos que un texto periodístico. Si hoy tú eres dircom es porque promoviste la idea de que las notas de prensa debían ser informaciones veraces e interesantes y que, aún siéndolas, los medios tenían la libertad de ignorarlas si así lo decidían.

Por todo eso, te pido que no lo hagas, y, si lo estás haciendo, te pido que dejes de hacerlo, te pido que inviertas en los medios, pero en anuncios presentados como tales, sin intoxicar sus páginas informativas con descarada publicidad encubierta, te pido que respetes a los medios y respetes las relaciones públicas, que te respetes a ti mismo y a tu profesión. Sobre todo si eres periodista, te pido otra vez que no lo hagas, porque, si lo haces, te estás cargando el periodismo, te estás cargando la credibilidad de las informaciones, te estás cargando el principio fundacional de las relaciones públicas y lo estás haciendo además sin que te sirva para nada, porque esa página pagada de información canta a leguas que es publicidad, y no se la cree nadie, y solo sirve para ensuciar tu marca y la del periódico que la ha publicado, y porque además cuando te llegue un tsunami informativo por el escándalo de esos directivos tuyos que se creían blindados y a salvo de cualquier denuncia mediática, toda esa compra de espacios no te servirá para nada, ni a ti ni a ellos, sólo para tener un ejército de periodistas cabreados deseando tomarse la revancha.

Si hoy tú eres dircom es porque asumiste y asumimos un lenguaje informativo con unos códigos completamente diferentes al publicitario, y con el mismo respeto a la verdad y los hechos que un texto periodístico.

No lo hagas. Compra publicidad y lucha por la información. Tu oficio es la persuasión de los terceros. Ganarse a los públicos, no comprarlos. La imposición de la información (a través del dinero) no es persuasión. Se parece más bien a la extorsión.

No lo hagas. No inviertas en sufrimiento.